Los países de Europa, América del Norte estaban desesperados. Se habían creado con los años armas químicas, nucleares, y lo que no te imaginas. Yo pertenecía a un grupo de elite que consistía en la reclusión de convictos, que habían cometido todo tipo de delitos y algunos sin escrúpulos.
Muchos de ellos habían quedado en el camino.
Yo sabía de las armas que se iban a utilizar y las que estaban creando, porque fui uno de los tantos químicos que trabajó en esos laboratorios creando armas.
Pasado el tiempo, un día llegamos a Buenos Aires, nuestro último objetivo por conquistar, y sacar el agua dulce. Ya cansado de tanto desastre, una noche lluviosa y fría ante el descuido de mis compañeros y superiores, me escapé del campamento. Viajé unos días como pude y así fue que llegué al sur, más exactamente a la Patagonia.
Una viejita muy humilde, pero servicial, me brindó un lugar donde descansar y comer.
Pasado unos días, fuimos conociéndonos más y fue ahí, entonces, que me metió en el refugio antibombas.
De pronto una noche se escucharon tiros, estallidos y, ante la desesperación, me refugié en el bunker sin percatarme que la señora no me había seguido. Transcurrido un tiempo, salí y vi todo devastado. Fue ahí que me dije: ¿seré el único que quedó con vida?

